Archivo para Septiembre 2008
¿El consumidor rebelde?
Los consumidores adquirimos los productos y servicios que satisfacen nuestras necesidades de la manera más perfecta posible, razón por la cual valoramos no sólo la sustancia física sino también el resto de atributos que percibimos. No es la publicidad la que crea en nosotros necesidades antes inexistentes sino que son estas necesidades las que, según la urgencia que suponga para nosotros, harán que demos a los productos y servicios que las satisfacen mayor o menor valor subjetivo: ver aquí un magnífico ejemplo.
Las falacias del ingeniero y del vendedor
Aquí se explican ambas.
Falacia del ingeniero — Henry Ford:
“Usted puede obtener el color de automóvil que desee siempre que sea negro”.
Controlar al gigante.
Un ejemplo de lo peligrosas que pueden ser las decisiones tomadas en base a conceptos equivocados, tal como se explica aquí, es lo que Carlos Alfonso escribe a raiz de la noticia en The Inquirer de que Microsoft piensa demandar a Google por monopolista:
No deja de ser curioso que una empresa con los antecedentes en casos de monopolio de Microsoft sea ahora tan puntillosa, sin embargo el control a un Gigante como Google es importante (en especial por el poder que ha adquirido). La competencia siempre es buena y la rivalidad entre empresas y el respeto a las reglas de juego también.
Independientemente de que Microsoft tenga o no tanto derecho como la UE a ser puntillosa, nos preguntamos qué oscuros motivos despiertan en nosotros el deseo de controlar a empresas que, por dar a los usuarios lo que estos demandan, crecen hasta el tamaño de un gigante. ¿Qué tiene eso de perjudicial para el consumidor?
Google o Microsoft ofrecen productos y servicios y los consumidores son libres de tomarlos o dejarlos. ¿Dónde está el irresistible poder de estas gigantescas corporaciones que un día se sientan en el banquillo acusadas de monopolistas cuando gozan del favor del público y al siguiente acusan a las demás de los mismos cargos cuando ya no gozan de él?
La competencia es buena, claro que sí. Lo es porque permite que los empresarios puedan ofrecer a los consumidores sus productos sin traba alguna y puedan crecer si lo hacen excepcionalmente bien. ¿Quién ha roto aquí las reglas del juego?
Obviamente, son estas opiniones, originadas por un concepto equivocado de lo que es la competencia, las que los políticos se encargan de dar forma obligando a Microsoft, por ejemplo, a distribuir un sistema operativo sin Media Player, que era gratuito. Todo por el bien de los consumidores, claro.
Invertir en I+D
Miguel Aguirre, en el Economy Weblog, dice el 1/9/2008:
“¿Qué factor puede ser determinante para explicar la situación a alemana o británica (de cuenta corriente) frente a la española?. En mi opinión tenemos que ver el porcentaje de recursos que cada país destina a Investigación y Desarrollo y cómo esto influye en la producción y venta de las empresas.”
Asignar recursos a I+D significa dejar sin ellos a otras actividades más inmediatas. ¿Cuándo ocurre eso? Cuando los empresarios anticipan un mayor valor dado por los consumidores a bienes futuros con mejor tecnología respecto bienes que pueden disponer hoy. Si lo anticipan, invierten en I+D; si no lo anticpan, no invierten en I+D. Lo que es del todo cierto es que invertir en I+D no induce a anticipar los deseos de los consumidores pues es algo que está en el interior del emprendedor. Es una cualidad intransferible.
La perspicacia empresarial puede mostrarse de diversas formas, entre otras: ofreciendo a los consumidores los mismos productos a mejores precios, o bien ofreciendo parecidos productos que satisfacen mejor sus necesidades, sea con la misma o con más avanzada tecnología, etc. En unos casos es necesario invertir en I+D, en otros no es necesario. Se aumenta la riqueza en ambos casos. Se deduce de ello que los recursos dedicados a I+D no son determinantes y confundimos causalidad con casualidad.
El economista naturalista
Empieza El cristal roto su singladura con esta crítica del famoso libro de Robert Frank “El economista naturalista”. Aunque la idea es poner de relieve los gravísimos errores que contiene el mismo, justo es reconocer que el paradigma neoclásico al que obedece es, hoy por hoy, el mayoritario.
Poco a poco.